tradiciones que sobreviven al tiempo

José Ares Blas: "Soy Pepe, el último herrero de Valdespino de Somoza"

José Ares Blas aprendió el oficio de herrero de un tío, hermano de su madre, hace 77 años. A sus 91, hoy sigue dándole al martillo, con la fuerza espectacular que alimenta la pasión que siente por su trabajo.

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Marta Cuervo | 08/11/2015 - 10:27h.

Doña Visita abre la puerta, sonriente incluso antes de conocer quien espera al otro lado. "¡Pepe! Es una periodista de León que dice que quiere conocerte. Sabes niña, es que le gusta echar una cabezadina después de comer, sin levantarse de la mesa, mientras yo recojo"...

Al ser martes, día de mercado en Astorga, Don José Ares Blas, conocido en Valdespino de Somoza como Pepe, el herrero, había bajado por la mañana en el coche de línea hasta la capital maragata, y por ello me encontré con la fragua cerrada. "He visto como marchaba a Astorga", comentaba una vecina del pueblo, unos minutos antes, mientras me señalaba la dirección de la vivienda del matrimonio. "Puedes ir a verles a su casa. Pero vendrá por la tarde, aunque es muy mayor...", añadía, a la vez que sacudía unas sábanas en la calle. Así, después de despedirme de ella me dirigí hacia el hogar de Visita y José, con la ilusión de conocer al herrero del que tanto hablan en los alrededores, y no sólo.

Tras la llamada de su esposa, Pepe sale también a la puerta azul, adornada con dos arbolitos a los lados. "Ya había sentido yo el timbre... ¿Quieres ver la fragua?". Y charlando, regresando sobre mis pasos, nos encaminamos al templo de José, de Pepe que es como le gusta que me dirija a él, charlando tranquilamente sin prisa, intercambiando preguntas. Al llegar, cuelga la cacha en una punta que sobresale, ritual que anuncia a sus paisanos que ya está la forja funcionando, con calma, como si los minutos no le preocupasen. Pero cuando de verdad el tiempo se detiene es cuando las manos de Pepe, toscas, con arrugas y muy fuertes, hacen girar la cerradura de aquella fragua. Una vuelta al siglo pasado, a lo artesano, al trabajo de un herrero de tradición.

(Periodista) -¿Cuántos años tiene, Pepe? -tengo que hablar muy alto, porque los años se han cebado con su oído, aunque fortaleciendo también la pasión por su trabajo, el de toda una vida, y la fuerza de una historia, la suya, dedicada a la herrería-.

(Herrero) -Tengo 91 y trabajo en esto desde los 14, son muchos, ¿eh? ¿Tú cuántos años tienes? -responde y pregunta-.

P -29 años ¿Quién le enseñó el oficio Pepe?

H -¿19? ¿Y eres de León?

P -No, no, 29. Sí, soy de León.

H -19 o 29... -quizás la diferencia de 10 años que le corrijo para sus 91 es una nimiedad- Como una nieta que tengo yo. Tengo tres hijos, uno en Madrid, una en Vigo y otro en Astorga, pero ninguno quiso aprender el oficio. Yo lo aprendí de un hermano de mi madre, en otra fragua que teníamos, pero luego nos vinimos aquí. Aunque he hecho muchas cosas, he trabajado en el campo, mi mujer también, antes había que trabajar mucho. Y con las ovejas de pastor... y herrando todas las mulas, caballos y burros de la zona. También me han pedido y me siguen pidiendo encargos. Y yo los voy haciendo. Depende del día, a veces con más trabajo que otros.

P - Me han hablado bien de sus navajas... ¿Puedo verlas?

H - Tranquila mujer, 'que todavía está el capador encima la gocha', ¿sabes para qué se usa ese dicho? Para la paciencia. Por las navajas y otros artículos bajo los martes a Astorga, para hacer entrega y vender algo en el mercado. Hoy no porque estoy algo resfriado, hoy he bajado sin carga.

Pepe saca su colección de machetes, cuchillos y navajas de todos los tamaños, de talla de madera y de hueso. Los coloca de forma muy ordenada en una de sus mesas de trabajo y me explica con dedicación en cada pieza para qué se utilizan y como las hace, a mano, y los instrumentos con los que las fabrica.

H - Ésta es muy valiosa, es de asta de ciervo. Todas las cuchillas son de hoja de guadaña, y en todas grabo 'Valdespino', es mi sello -continúa-.

P - No me puedo marchar sin una de esas navajas, ¿a cuánto las vende?

H - Bueno, si te gustan, sino no hay que comprar. 13 euros las pequeñas, 15 las grandes.

P - Yo quería dos...

H - Pues 13 y 13 son 26. -Se dirige a mí con una sonrisa picaresca, quizás el último herrero de los de martillazo y fuelle manual de la provincia, y casi de España-.

Pepe es un buen conversador. No se cansa de recibir a visitantes que llegan desde todos los puntos de España para conocer su trabajo, su fragua.

H - Viene mucha gente a conocerme, a veces han venido autocares de más de 25, y de lejos, de Madrid, y de Barcelona también.

Pepe sabe que es el último de su estirpe y no duda en compartir sus secretos, el amor por lo que hace con aquel que se acerque a su fragua.

P - ¿Qué son esos hierros? -insisto-.

H - Son cortafríos, para los herrajes de los baúles. Tengo muchos, pero están todavía sin terminar, y como ves son todos diferentes.

 

Pepe tiene encima de la mesa una cerradura que llama mi atención.

H - La hice yo hace más de 50 años, y ahora me la traen para que la repare. Porque las cosas con el tiempo se estropean, pero tienen arreglo.

P - ¿Y la llave?

H - La llave también la tengo. He hecho muchas llaves en todos estos años. Y también muchos apliques de baúles y protectores artesanales. Mira éstos, pero no los toques, que te vas a ensuciar -me reprocha cuando intento cogerlos-.

En el techo cuelgan hoces y hocines, las paredes están repletas de herramientas, los suelos de herrajes y baúles, y la mesa de piezas listas para fabricar futuras navajas, todo bajo un meticuloso orden. Una atmósfera con sabor a tradición, donde reina un fuelle de casi un siglo, un fuelle que da fuerza y vida a la lumbre, y al corazón de Pepe también.

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